Lunes 24 de Agosto 2020 – Retiro Zen y Playa IX [esp]

La meditación zen es una meditación de tranquilidad, una medi­tación de paz interior. Llegar a la tranquilidad lo alcanzamos con el cuerpo y con el espíritu juntos. El cuerpo lo calmamos con la postura de zazen, tal y como la he enseñado en el taller. Lo mental se calma con la actitud de ‘dejar pasar’, concentrándose aquí y ahora dentro de si mismo. Eso necesita un entrenamiento. Los primeros años de práctica nos fijamos en la postura física y en nuestro cuerpo respecto a ella, porque es lo más inmediato. De hecho, durante zazen, a veces nuestra postura no es cómoda. Pero lo incómodo no es la postura de zazen sino nuestra postura en zazen. El cuerpo se debe entrenar. Zazen es cuerpo y espíritu juntos; entonces lo mismo con el espíritu, entrenarlo necesita un esfuerzo. Al comienzo de la práctica, ‘dejar pasar’ cuesta tanto como dejar pasar las molestias en las rodillas.

Pensamos que la meditación zen constituye algo fácil y agradable ya que se trata de ser zen pero después de un tiempo sentado em­piezan a doler las piernas, nos duele la espalda, nos molesta el calor, nos molestan las moscas como ahora, nos molestan las personas que se mueven alrededor y ya estamos cansados. El zazen se vuelve como una confrontación consigo mismo. En el zen, entrenarse es practicar zazen. Con la repetición de la postura cuerpo-espíritu, las cosas empiezan a cambiar. Zazen es una meditación de evolución. Ahora estamos todos inmóviles pero esta inmovilidad, más allá de las apariencias, no es estancamiento. La inmovilidad cuerpo-espíritu es libertad interior. Dejamos de lado lo inútil. Es interesante desha­cerse en su vida de cosas inútiles.

¿Cuál fue el consejo del Buda sobre la manera de practicar? Esta enseñanza de 2.800 años de validez dice que “debemos practicar como la Tierra, que debemos practicar como el agua, como el fuego y como el viento”. Con eso Buda nos dice que debemos practicar como los elementos básicos que nos constituyen.

Cuando labramos la tierra para sembrar algo o para enterrar algo, sea lo que sea este algo, la tierra en sí misma no está afectada por nuestra acción; quiero decir que la Tierra se queda indiferente. Podemos hervir agua para cocinar, también podemos hervir agua para limpiar ropa sucia, en ambos casos el agua no está afectada. El fuego puede quemar cosas perfumadas, como el incienso que ofre­cemos durante nuestra meditación, también otras mal olientes, que­mar cosas de valor o no, al fuego le da igual. Cuando sopla el viento, sopla sobre todas las cosas, frescas o podridas, bellas o feas: igual que los demás elementos, eso no lo perturba.

Es igual consigo mismo. Lo sólido, nuestro cuerpo material; lo líquido, la sangre y los fluidos; lo caliente, los intercambios energéti­cos y el viento, la respiración. Así practicamos zazen. Es nuestra reali­dad y es eso lo que somos: este ‘yo’, mi persona, no es nada sino un conjunto de cuatro elementos, tierra, agua, fuego y viento. En el mo­mento de la muerte de este yo, mi persona, ellos desaparecerán sin ser afectados por la situación. Estos elementos no nos pertenecen: no hay ningún yo, ninguna persona en ellos.

Practicar desde un punto de vista ‘yo-los demás’, es una vía erró­nea porque es pensar que sí, hay alguien en este ensamblaje de cuatro elementos. Pensar así y entonces practicar así es fijar, es coagular, todo lo contrario de soltar, todo lo contrario de expandir. El universo está en expansión y nosotras y nosotros somos criaturas del universo: esta expansión podemos experimentarla ahora mismo, interiormente porque no hay separación. La separación solo existe cuando soy yo quien separo. Hay separación si pienso que estos cuatro elementos tienen un ‘yo’ llamado Pierre. Permanecer en eso nos impide ir más allá de las apariencias, quedamos atrapados y atrapadas en convenciones mundanas. Nuestra vida se vuelve eso: obtener cosas para al final perderlas; es nacer para al final morir sin haber puesto ninguna conciencia entre el acto de nacer y el de morir. Resultado: la vida misma se vuelve un sufrimiento, es sufrir en el reino de la confusión.

Al fin y al cabo, lo que solemos hacer es practicar y realizar las cosas por sí mismo. Ir más allá de su propio sufrimiento, físico, men­tal y emocional no depende de la mirada de los demás, sólo depende de su propio estado de espíritu. Sea lo que sea lo que practicamos a lo largo de nuestra vida de humano y humana, si no lo realizamos desde adentro, desde lo íntimo de sí mismo, no nos sentiremos satis­fechos.

Podemos servirnos de esta enseñanza del Buda de practicar como los cuatro elementos, nunca afectados, siempre presentes, pero sin ‘yo’ por el medio.

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